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Este es un fragmento, de uno de varios relatos, del libro escrito por Geoffrey Haresnape, The Great Hunters.
En agosto de 1903, Wolhuter, nuevo en sus responsabilidades de guardabosque, regresaba de su patrullaje a lo largo del río Olifants. Estaba cerca de las montañas Lebombo, en la frontera este de la reserva Sabi, cuando este encuentro ocurrió.
Aunque oscureció temprano, yo seguí montando a lo largo del camino, de la misma manera en que yo recorría esa ruta de noche para evitar el calor del sol de verano. No pensaba en leones, ya que nunca me había encontrado estos animales en estas partes. La mayoría de la yerba había sido quemada recientemente, pero todavía quedaban parches de vegetación por ahí y por allá. Mientras montaba a través de estos parches aislados, escuché a dos animales brincar en la yerba delante de mí.
Ya estaba muy oscuro para ver, pero imaginé que los animales en cuestión eran un par de reedbucks, ya que este había sido un lugar favorito para estos antílopes. Yo esperaba que ellos cruzaran el camino y desaparecieran, pero en lugar de eso y para mi sorpresa, escuché que los ruidos en la yerba se aproximaban a mí. Yo todavía seguía montando en silencio, cuando dos formas aparecieron a unos tres o cuatro metros, y a estas si las reconocí como dos leones, y su comportamiento era tal que no tenía duda de que sus intenciones eran de atacar mi caballo. Aunque, claro, tenía mi rifle (el cual nunca me movía sin el) no había tiempo para disparar, y al mismo tiempo que jalé bruscamente a mi caballo para dar la vuelta y clavé las espuelas en sus flancos para que corriera y poder huir a tiempo; pero el león ya estaba muy cerca, y antes de que el león pudiera echar a correr sentí un impacto terrorífico tras de mi mientras que el león atacaba los cuartos traseros del caballo.
Lo que pasó después, claro, tomó solo unos segundos, pero puedo recordar la desagradable sensación de esperar las mandíbulas del león tan vívidamente clavarse en mi persona. Sin embargo, el aterrorizado león estaba brincando y pateando tan violentamente que el león no pudo seguir sujetando al caballo, aunque se las arreglo de tirarme de la silla. La fortuna suele actuar de manera misteriosa, y parece raro sugiera, que tuve mucha suerte de caer casi encima del segundo león, mientras el corría alrededor frente a mi caballo, para poder tomarlo por la cabeza. De haber caído de otra manera, es muy probable que el león me hubiera tomado de la cabeza, y seguramente esto nunca se hubiera escrito. En realidad, el león tomó mi hombro derecho entre sus mandíbulas y empezó a arrastrarme, y mientras lo hacia podía oír los cascos de mi caballo correr sobre suelo empedrado alejándose de mi con el primer león persiguiéndolo; y este a su vez era perseguido por mi perro Toro.
Mientras tanto, el león continúo arrastrándome hacia los alrededores de Metsimetsi Spruit. Estaba siendo arrastrado sobre mi espalda, siendo sujetado de mi hombro derecho, y mientras el león caminaba sobre mi, sus garras en ocasiones desgarraban heridas en mis brazos; llevaba espuelas, y estas actuaban como frenos, haciendo surcos profundos en el suelo por el que viajábamos. Cuando los frenos, actuaban de manera muy eficiente, el león daba una impaciente mordida, que añadía un dolor insoportable a mi hombro, que ya se encontraba profundamente herido por los poderosos dientes. Yo ciertamente estaba en una posición para estar en desacuerdo con la teoría del Dr. Livingstone, basada en su experiencia personal, en donde el shock ocasionado por la mordida de un gran carnívoro lesionaría tanto los nervios, que cesaría todo dolor; en mi caso, yo estaba conciente de una gran agonía física; y por si fuera poco, también estaba la agonía mental de lo que el león haría conmigo; ya fuera si él me iba a matar primero o comerme mientras todavía estaba vivo.
Claro, en esos primeros momentos yo estaba convencido de que todo había terminado para mi y que había alcanzado el final de mi carrera terrenal. Pero en eso, mientras el dolor progresivo todavía continuaba, recordé que yo todavía podría tener mi cuchillo, siempre lo cargaba en el lado derecho de mi cinturón. Desafortunadamente, el cuchillo le quedaba flojo a la funda, y ya en dos ocasiones previas se me había caído mientras me bajaba de mi caballo. Parecía mucho esperar que estuviera ahí después de los duros episodios. Me tomó algo de tiempo llevar mi mano izquierda al rededor de mi espalda mientras el león me arrastraba sobre el suelo, pero eventualmente alcance la funda, y, para mi indescribible alegría, el cuchillo todavía seguía ahí. Lo agarré, y pensé donde sería el mejor lugar para apuñalar al león. De repente me acordé, que varios años atrás, había leído una revista o periódico que si golpeabas a un gato en la nariz tenía que estornudar antes de hacer cualquier cosa. Esta teoría en particular, es por supuesto, incorrecta; pero en el momento cruzó seriamente por mi mente en probarla, pero pensándolo mejor deseche la idea, pensando que en cualquier caso el león solo estornudaría y me volvería a levantar, en esta ocasión posiblemente de un lugar mas vital.
Finalmente decidí enterrarle mi cuchillo en su corazón, y así empecé a sentir precavidamente su hombro. La tarea era difícil y compleja porque, de la manera en que me sujetaba, arriba del hombro derecho, mi cabeza era presionada contra la melena del león, que despedía un fuerte olor a león (incidentalmente, él ronroneaba muy fuerte, posiblemente por el anticipado placer de la cena que iba a tener) y para lograrlo necesitaba alcanzar, con mi mano izquierda sujetando el cuchillo, cruzar su pecho para obtener acceso a su hombro izquierdo. Cualquier error en esta maniobra, alertaría al león, con resultados fatales para mí.
Sin embargo, me las arreglé, y sabiendo donde se encontraba su corazón, lo golpeé dos veces, en una rápida sucesión, detrás de su hombro izquierdo. El león dejó escapar un furioso rugido, y desesperadamente lo ataque de otra vez: en esta ocasión hacia arriba en su garganta. Creo que esta tercera perforación dio en su yugular, mientras que la sangre me salpicaba. El león soltó su agarre y se adentró en la oscuridad. Más tarde medí la distancia, y encontré que el me había arrastrado unos 60 metros. Incidentalmente, después se supe que mis dos primeros golpes habían alcanzado su corazón.
Si alguien hubiera atestiguado la escena, hubiera sido extremadamente misteriosa y oscura, me puse de pie, sin saber que tan seriamente había herido al león y cuyos quejidos resonaban cerca. Primero pensé en asustarlo con mi voz y le grite todos las palabras que se me pudieron ocurrir, hasta llegar a un vocabulario más folclórico. Hasta que me acorde que el otro león había seguido a mi caballo. Y era muy probable que hubiera fallado en atraparlo ya que el caballo iba a todo galope, y lo que era mas probable, era que regresara con su compañero y me encontrara, casi desarmado a excepción de mi cuchillo, ya que claro, mi rifle se había perdido en la yerba cuando me caí del caballo.
Al principio pensé en encender la yerba, para mantener al segundo león a raya; y al sacar la caja de cerillos de mi bolsillo, la sostuve con mis dientes, ya que mi brazo izquierdo estaba inutilizado, no solo por las heridas de los dientes del león en mi hombro, sino también por que sus garras habían desgarrado algunos de los tendones de la muñeca. Encendí un cerillo y lo puse en la yerba, pero para entonces ya estaba muy húmedo y desafortunadamente no encendió.
Mi siguiente idea fue treparme en un árbol y así colocarme fuera del alcance del león. Había varios árboles a mí alrededor, pero todos tenían largos troncos y con solo un brazo no era posible que los trepara. Sin embargo pude localizar uno con una bifurcación cerca del suelo, y después de muchos problemas me las arreglé para escalarlo, alcanzando una rama a unos cuatro metros del suelo, en la que me senté. Ahora estaba comenzando a sentirme tembloroso, debido al shock que acababa de pasar y por la pérdida de sangre; y las ropas que todavía me quedaban estaban cubiertas de sangre, mía y del león , y el efecto del frío viento de la noche en mis mojadas ropas, me ponían muy incómodo, mientras que mi hombro continuaba sangrando. Pensé que podría desmayarme, debido a la perdida de sangre, y caer de la rama en la que me sentaba, entonces me quite mi cinturón y de alguna manera me amarre al árbol. Tenía una sed terrible, y pude haber ofrecido mucho por una taza de agua. Me consolaba que mis muchachos me encontrarían ya que no me encotraba lejos del camino.
Mientras tanto ocasionalmente todavía podía escuchar en la oscuridad gruñir al león que acababa de apuñalar, cerca en los alrededores; y resonando misteriosamente sobre el aire de la noche, pude oír el largo sonido gutural de la muerte, y me sentí increíblemente mejor cuando supe que lo había matado. Mi satisfacción duró poco, ya que muy pronto pude escuchar ruidos aproximándose en la yerba anunciando la llegada del segundo león, que como había pensado, había fallado en atrapar mi caballo. Lo escuché aproximándose al lugar donde yo me había puesto de pie y seguir mi rastro de sangre, hasta que llego al árbol donde esta sentado. Al llegar a la base del árbol, se paro sobre sus patas traseras y pareció que tratara de treparlo. Yo me horroricé, ya que aparentemente había escapado de un león, solo para ser atrapado por el otro; el árbol que me albergaba era muy fácil de subir, de lo contrario nunca hubiera podido treparlo, y absolutamente no esta más allá de los poderes de un determinado y hambriento león. Le grite desesperadamente hacia abajo, que parado en sus patas traseras, giró sus ojos y momentáneamente pude ver el reflejo de sus ojos, y esto ocasionó que dudara.
Afortunadamente, en ese momento, mi fiel perro Toro apareció en escena. Nunca estuve más agradecido de la llegada del mejor amigo del hombre. Evidentemente había descubierto que yo no estaba en el caballo, y que estaba perdido, y volvió para encontrarme. Lo llamé y lo anime para que atacara al león, y lo hizo de buen corazón, ladrándole furiosamente y así llamando su atención de tal manera que hizo una corta embestida al perro, que se las arregló para mantener su distancia. Y así esta terrible noche paso. El león se alejo del árbol, pero podía escucharlo en la yerba, y volvía a regresar, para que mi fiel perro Toro lo volviera a alejar a ladridos, y persiguiéndolo y así sucesivamente. Hasta que finalmente el león se echó en algún lugar de los arbustos vecinos.
Después de un considerable tiempo, posiblemente una hora, escuché un sonido más que bienvenido: el golpeteo de platos cargados en la cabeza de uno de mis muchachos, que se aproximaba por el camino. En la quietud de la noche uno puede escuchar a lo lejos en la llanura. Le grité que tuviera cuidado ya que había un león cerca. Me preguntó que qué tenía que hacer y le dije que se subiera a un árbol. Escuché un golpeteo, cuando tiró los platos al suelo, y luego por un momento silencio. Luego le pregunté si ya estaba arriba del árbol, y que si era uno grande: a lo que el respondió que no era un árbol alto, pero que no se iba a bajar para buscar uno mejor, ya que para entonces podía escuchar al león en la yerba cerca de el. Me dijo que los otros muchachos estaban cerca, entonces le dije todo lo que había pasado y por el tono de sus comentarios, no entendió que su situación era muy placentera. Después de un tiempo, que pareció años, oímos una pequeña manada de burros acercándose por el camino, así que les grite instrucciones a los muchachos para que se detuvieran donde estaban, ya que había un león cerca en la yerba, para que echaran unos disparos al aire para que se espantara el león. Lo hicieron, y mientras se acercaban al árbol donde yo estaba sentado, les dije que lo primero que tenían que hacer era una buena fogata, que no tomó mucho tiempo para que ardiera, para que nos protegiera en caso de que el león regresara, después ellos me ayudaron a bajar del árbol. Fue una tarea tediosa y dolorosa, ya que estaba muy lastimado por las heridas, y descubrí que la bajada fue más difícil que la subida.
La primera pregunta que le hice a mis muchachos fue si ellos traían agua en las cantimploras, que siempre traían consigo. A lo que dijeron que estaban vacías, así que lo único que podíamos hacer era movernos al siguiente poso de agua, que estaba a unos diez kilómetros adelante. Antes de irnos, buscaron, sin tener éxito, mi rifle en la yerba. Para armarme tome uno de los machetes de mis muchachos, y luego, con los burros, emprendimos la marcha. Antes de irnos del lugar a agarramos ramas con fuego y las arrojamos a la yerba en la dirección en la que el león había desaparecido, sin embargo el león nos siguió por un largo camino y ahora podíamos oírlo de este lado del camino. Solo que ahora teníamos tres perros, que continuamente le ladraban, manteniéndolo a raya.
Por fin llegamos a uno de mis viejos campamentos. Aquí, había una posa con agua, así que envié a dos de mis muchachos a que trajeran agua. Mi decepción se pudo medir cuando ellos regresaron para decirme que la posa estaba seca, ya que como deben recordar ni una gota de agua había tocado mis labios desde el día anterior. Dije que necesitaba tomar agua o moriría, así que les dije que tomaran una vela que tenía en mi mochila, que la metieran a una botella rota, y con esta rústica lámpara fueran a buscar agua. Eran dos buenos nativos, y se fueron una vez más. Pareció que se fueron por horas, pero cuando por fin regresaron tenían la cantimplora medio llena con un líquido lodoso. La pusieron en el suelo frente a mí y estaba muy sucia, pero, era agua al fin. Así que me arrodillé y bebí hasta que ya no pude beber más, dejando solo un poco para que pudieran lavar mis heridas. Ellos estaban incómodos y eran torpes haciendo el trabajo, sin embargo, después de unos minutos no pude aguantarlo más y les ordené que desistieran. De hecho mis heridas no recibieron vendaje de ningún tipo (no pude ver la herida mas grande, que se encontraba en mi espalda) hasta que llegamos a Komatipoort cuatro días después.
Entonces les dije a mis muchachos que desenrollaran mi manta para que pudiera acostarme. Mi brazo me dolía tanto que les dí instrucciones para que lo amarraran a uno de los palos en el techo de la choza, pensando que así se calmaría el dolor, pero no fue así, por lo que pedí que lo desataran. Debo añadir que no dormí durante la noche ni a la siguiente mañana, tenía una fiebre endemoniada, y aunque había podido caminar diez kilómetros la mañana anterior, no podía caminar o siquiera pararme. Pasamos todo el día en el campamento y envié a los muchachos a que le quitaran la piel al león muerto. Les dí instrucciones para que regresaran al árbol donde me habían encontrado, que siguieran mi rastro de sangre hasta que se encontraran con el lugar donde había acuchillado al león y que siguieran la sangre del león hasta que encontraran el cuerpo. Podía darme cuenta que ellos tenían sus sospechas de que yo en realidad hubiera matado al león (sin embargo ellos de manera educada evitaron hacer presente su escepticismo) ya que no se había oído que un hombre hubiera matado a un león con un chuchillo.
Todas mis órdenes fueron obedecidas, y después de un rato regresaron con la piel, el cráneo, un poco de carne y el corazón para mostrarme que lo había perforado con el cuchillo. Los muchachos me dijeron que cuando abrieron el león encontraron su estomago vacío, lo que probaba que no había comido por algunos días, por lo que debió haber estado muy hambriento. No hubiera tomado mucho tiempo para que ese león y su compañero me hicieran su comida, a pesar de que para ese momento estaba muy flaco.