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Por: Edgar Wenzel López
Creo que una de las cacerías más divertidas y difíciles es la de los pavos y guajolotes silvestres.
Algún día leí en una revista americana de cacería que hablaba de estos plumíferos, entre otras cosas decía que si realmente tuvieran un olfato tan bueno como su oído y vista, prácticamente serían imposibles de cazar. Hasta que no ha ido el cazador tras un pollo de estos, se da cuenta que lo que comentan en la revista es un piropo. Son animales exageradamente abusados, sigilosos, matreros, canijos y todos los adjetivos que le quieran poner encima. Su única perdición son las “faldas”; ahí es donde “el cochino tuerce el rabo” como la gran mayoría de los animales, incluyendo algunos de dos patas. Cuando entran en celo es el momento ideal para cazarlos, siempre y cuando no cometas alguna tontería en el inter, ya que son “calenturientos” pero no tontos. Con el mínimo movimiento, ruido, brillos, etc., comienzan a “kuitear” y… adiós Nicolás.
Una de mis primeras experiencias con estas grandes aves fue en un rancho en la sierra de Tamaulipas. Recuerdo (porque ya llovió hace unos 35 años) que nos invitó mi buen amigo Javier Ortega de Tampico; a esta expedición además fueron Jorge Leal y Hugo mi hermano. Después de un viaje tortuoso de más de 7 horas desde Puebla, llegamos por Javier y nos encontramos un recado en la puerta de su casa en donde nos decía que no había podido estar pero que ya tenía “todo” arreglado para que fuéramos al Rancho Los Pavitos. Dormimos en su casa y muy temprano salimos rumbo a Aldama.
Nos recibieron con gusto el vaquero y familia y después de instalarnos nos fuimos a cenar un delicioso mole de jabalí con frijoles de olla. “¿No quiere ir por un cocono de una vez?” me preguntó el vaquero y pues para luego es tarde, tomé mi escopeta, mi lámpara y nos fuimos a tirarle a la piñata. La verdad es que quedé muy decepcionado de la técnica de las “posadas”; no le encontré algún chiste y mi cacería terminó la primera noche.
“Yo quiero cazarlos como debe de ser” me dije y para comenzar me compré mi clásico reclamo de cajita “Lynch” para comenzar a aprender a llamarlos. Traía loca a mi familia ya que todo el día estaba duro y duro hasta que me sentí con plumas. Estaba listo para la acción y sólo esperaba el lugar y la fecha.
Mi amigo Jaime González de Guadalajara me habló para invitarme a cazar el Guajolote de la subespecie Goulds en la sierra de Durango. Este es el cocono más grande de las 5 subespecies que están reconocidas por la National Wildturkey Federation y se encuentra en nuestro país desde Aguascalientes hasta Chihuahua y Sonora, pasando por Zacatecas y Durango. A estos pavos les gusta vivir en las zonas de pino-encino por lo que por lo general, son en lugares altos y fríos.
Yo con la idea de ir siempre a Tamaulipas me fui con la idea de que iba a hacer calor, mucho calor y cuál fue mi sorpresa, al encontrarme con temperaturas bajo cero grados centígrados en las mañanas y no más de 20° C a medio día.
Llegamos a la ciudad de Durango en la avioneta de Jaime y ahí nos esperaba Carlos “Cacalicho” Garcín. Después de un viaje de varias horas, primero en carretera y luego en brecha subimos rumbo a lo más alto de la sierra. Finalmente llegamos a un hermoso paraje en un pinar en donde ya se encontraban armadas las casas de campaña. Los guías se calentaban en una gran fogata que alimentaban con leña de encino. Nos acomodamos cada quien con su cada cual y disfrutamos de una rica comida con toque francés como siempre acostumbra Cacalicho y desde luego acompañada de unos buenos tintos que hacían honor a la comida.
Nos asignó un guía a cada quién y nos informó que la salida era antes del amanecer. Se pusieron cada guía de acuerdo para saber el rumbo qué tomar y con la esperanza de un buen día de caza nos fuimos todos a babear las almohadas.
A las 5:00 de la madrugada nos espantaron a Morfeo y todos nos preparamos para ese nuevo día. “Quiero que me traigas un cocono antes de que haga el almuerzo” me dijo Cacalicho y yo como el nuevo del grupo sentí una gran presión, pero San Huberto estaba de mi lado y no habíamos caminado ni un kilometro cuando oímos a un gran guajolote cantar. Todavía íbamos más de la mitad del grupo juntos y todos se pusieron como perros a buscar al “pavoroso”. Lo identifiqué inmediatamente como a unos 150 metros en una rama de un pino. “Ahí está en esa rama” les decía y señalaba el rumbo en donde seguía canta y canta el guajolotón. La verdad no me quería ver muy perro así que les estaba dando chance a los demás pero llegó un momento en que nadie lo veía y me dijeron “pues si lo ves…tírale” y como dice el dicho “saliendo el payaso y soltando la risa”, me acomodé, puse el centro de la retícula de mi .22-250 al centro del pecho del cocono y exprimí suavemente el gatillo del mi Ruger hasta que me sorprendió el tiro, pero más los sorprendió al resto del grupo al ver desplomarse al totol del árbol. Las clásicas felicitaciones envidiosas de los compañeros y ni modo, me tuve que regresar al campamento a demostrar mi cumplimiento a nuestro organizador. Teníamos la oportunidad de cazar 2 guajolotes cada quién, así que ni tardo ni perezoso, volví a tomar mis chivas y salimos a cazar nuevamente.
Caminamos un par de horas y ya era cerca del medio día. Llegamos a la base de un gran cañón que tenía un par de kilómetros de ancho. Como ya era tarde y no se veía movimiento, me puse a jugar con mi reclamo Lynch y comencé a reproducir todo tipo de sonidos, cuando de pronto me dice Manuel mi guía: “Oitessss, contestó el cocono”. Me le quedé viendo y pensé: “éste ya está oyendo visiones, jajá”. De todos modos paré oreja y seguí tallando la madera de la caja y me volvió a insistir Manuel: “¿No tas oyendo Elgar?, a penas si se oye”, y en aquél entonces oía mejor y logré escuchar un suave gorgoreo en casa de la fregada. De pronto que pega un reparo Manuel y señalándome a la cima del cerro al otro lado del cañón me grita: “Ahita el cocono, ya viene bajando” y entonces logré ver literalmente un puntito que daba de vueltas como mosca buscando comida.
Después de un rato de seguirle dando al reclamo y el cocono de seguir bajando la ladera del cerro, llegó hasta un relís y se aventó planeando hasta llegar a la falda de nuestro lado. Sin ponernos de acuerdo, tomamos nuestras chivas y nos metimos en medio de unas frondosas manzanillas. “No te muevas que ahí viene” me dijo Manuel y yo nada más le exclamé que se callara. Le seguí raspando a la cajita con singular alegría y cada vez oíamos más y más cerca los gorgoreos del pavoroso. Sentía que el corazón se me salía por la boca y la lengua se había fundido con mi paladar de la emoción. Llegó un momento que estaba a unos cuantos metros y oíamos como tronaba las plumas de sus alas contra el suelo, pero no lo veíamos porque se encontraba en un pequeño desnivel. Yo no le aflojé, así que seguí insistiendo hasta que el plumífero encontró cómo subir ese desnivel y fue cuando lo vi a no más de 15 metros. La cabeza era un puño de bolas rojas hinchadas por la sangre que les provoca el celo y el moco parecía arrástrale hasta el suelo. Claramente veía sus ojos que se salían desesperados por encontrar a la doncella que tanto le llamaba y finalmente la doncella apareció en forma de cañón de escopeta que le quitó la ilusión de dejar su descendencia. Chequé mi reloj y ya había pasado casi una hora desde que lo oímos por primera vez. ¡Esa era la cacería de guajolote que tanto había soñado! La disfruté más que todas juntas y la recuerdo como si hubiera sido ayer.
Después de ese par de ocasiones me volví muy picado para cazar los guajolotes y ahora quería probar con los pavos ocelados de la Península de Yucatán. Primero me metí a mis libros para ver de qué se trataba el asunto y me maravillé al ver la hermosura del plumaje de esas aves. Me refiero al plumaje, porque la verdad es que no hay un solo guajolote bonito, es más, son tan feos que me encantan.
Organizamos una expedición a la selva de Campeche durante una Semana Santa puesto que igual que sus primos del norte, a los del sur también se les alborota la hormona por la misma época. Como quien dice, están como “guajolotes en primavera”. La selva es totalmente diferente que la de Tamaulipas y desde luego que los bosques de Durango; es imponente en cuanto a su grandeza, ruidos, etc.
Teníamos un guía maya que conocía muy bien cómo llamar al famoso “kuis” como le dicen su lengua. Se sigue la misma técnica que los norteños y sale uno antes del amanecer ya que estos pajarracos comienzan a cantar cuando comienza a clarear. Ubica uno más o menos el área y se espera a que se aviente del palo y comience a buscar a sus chicuelas.
Preparamos todo y salimos por una brecha maderera. Comenzábamos a ver sin la ayuda de la lámpara cuando comencé a oír un ruido similar a un tambor y luego terminó en un gorgoreo “wanabe”. ¿Qué fue eso Fer? Le pregunté, “pues el pavoroso” me contestó. Nos quedamos inertes por un rato hasta que comenzamos nuevamente a oír como ese tamborcito tomaba velocidad y concluía en un gorgoreo.
El sudor me escurría por la frente y los mosquitos me atacaban con fiereza y yo permitía que hicieran de lo suyo con tal de evitar cualquier movimiento brusco. Comenzamos a oír nuevamente el tambor y caminando lentamente Fernando me hace la seña de que lo siguiera para acortar distancia a donde se encontraba el “pavo cantor”. En cuanto terminó su secuencia musical, nos volvimos a detener. La selva se inundaba de miles de nuevos ruidos de toda clase, tanto de aves que despertaban como de las chicharras que chirreaban de sed. A lo lejos se oyó el grito de un agouti que seguramente había sido espantado por algún depredador.
“Juajuajua” se oyó el aleteo del pavo que se descolgó del árbol en donde había pasado la noche. “Ponte listo porque ya está en el suelo, vamos a escondernos en esas matas para que no nos veas” me instruyó Fer. Me puso mi máscara de camo para evitar que me viera el reflejo de la cara, le subí suavemente un cartucho a mi Remington 870 y me senté en el suelo. La verdad no quise ni siquiera mirar en donde lo hacía porque seguramente no me hubiera sentado. Donde no hay bichitos, hay bichotes, así que hice de tripas corazón y me concentré en lo que tenía que hacer.
Fer comenzó a ser una serie de silbidos muy suaves con un ritmo estudiado. Susurrándole en la oreja le pregunté “¿qué hace güey, lo vas a espantar”, con un tono muy yucateco me contestó “así cantan las pavas y…cállate”. No tardamos mucho en oír cómo se iba a cercando el “pavoroso; comenzó el tamboreo nuevamente y el gorgoreo. Aprovechamos el inter para acortar distancia y nos hicimos bolas detrás de un guano. Pronto comencé a oír unas pisadas muy suaves en la hojarasca y Fer me hizo una seña de “escucha”. Luego tomó una ramita del suelo y comenzó a rascar las hojas imitando a una pava buscando comida. Ya podía ver al macho como a unos 25 metros entre la selva y cuando este oyó la rascada se detuvo muy atento y aproveché para mandarle una dosis de plomo del número 4 en la cabeza y se desplomó sobre sus huellas.
Nos acercamos cuando todavía daba los últimos aleteos como despidiéndose de la selva, con cuidado lo tome de las patas evitando los enormes espolones y observé lo bellos que era; un plumaje como de pavorreal, lleno de todos turquesas, dorados, verdes y yo que sé. La cabeza azul cielo con sus corales amarillo chillón hacían contraste con una protuberancia en la frente que equivale al “moco” del guajolote y que cuando están en celo les crece para demostrar su virilidad. Lo que más me impresionó, fueron lo largo y filoso de sus espolones, fácil medían 4 centímetros de largo y eran muy similares a los de los gallos.
Con este trofeo lograba yo la colección de los 3 “meliagris” mexicanos y ahora el reto es repetir el slam pero con arco y flecha.
¡Salud y buena caza!
Felicidades!!!!
Muchas felicidades, excelente narrativa, Si con pólvora fue emocionante con el arco será mucho mejor…..hoy me voy, a ver como nos va!!!!!!!!!!!
felicidades
usted qsi que save contar las anecdotas ya ahsta emoscionado estoy por este inicio de temporada me me imajino esaforma de platicar junto a la fogata con un tequilita y esa amena platica a y la carnita azada que mas puede pedir uno de la vida